El último día de la ceguera
Mañana domingo, cuando estemos a solas frente a la cédula de sufragio, el Perú no solo elegirá a sus próximas autoridades; decidirá si finalmente hemos aprendido la lección o si estamos condenados a padecer un trágico síndrome de Estocolmo electoral. Durante años hemos parecido atrapados en una dinámica destructiva, normalizando elegir a nuestros propios verdugos. Pero para entender cómo llegamos a este nivel de masoquismo cívico, tenemos que mirar nuestra propia psicología.
Pensemos en nuestra mayor pasión popular: el fútbol. Cuando la selección compite, la aspiración máxima de la mayoría, el sueño que nos une en las calles, es «clasificar al mundial». Casi nadie se atreve a exigir o soñar con ganarlo. Esa mentalidad poco aspiracional, de conformarnos con llegar a las justas o con «el mal menor», ha infectado nuestra política.
Parece que se nos olvidó quiénes somos. Fuimos la primera civilización de América en Caral, el imperio más vasto del continente, el centro del Virreinato. Llevamos la grandeza en nuestro ADN histórico, pero hemos perdido ese espíritu de rebeldía. Por miedo, por costumbre o por una resignación letal, terminamos votando por lo «conocido», por más atraso y miseria que nos haya generado.
La gran mentira: El fantasma ideológico
Para mantenernos agachados y asustados, los dueños del «pacto mafioso» han sembrado una narrativa perversa: nos repiten todos los días que esta es una guerra contra la izquierda, afirmando que es esa postura la que nos ha llevado a la ruina. Es una mentira monumental. ¿Cuándo ha gobernado realmente la izquierda y ejecutado sus planes estructurales en el Perú? Es un fantasma creado a medida.
Hoy, gracias a esa manipulación publicitaria alienante, cualquier exigencia básica de justicia social es satanizada. Si pides que no haya un 43% de niños con anemia, que se acabe la desnutrición, o que haya igualdad de oportunidades territoriales, eres automáticamente etiquetado de «caviar», «izquierdista» o «terruco». Han convertido el insulto en su mejor escudo para evitar debatir los problemas reales del país y mantener el status quo.
Hipocresía constitucional e impunidad descarada
Nos exigen defender una Constitución a la que llaman «sagrada», pero ese mismo Congreso mafioso —rechazado por más de 9 de cada 10 peruanos— ha modificado más de 50 artículos sin consultarle a nadie. Se burlaron de la voluntad popular: en un referéndum oficial, cerca del 90% del país votó contra la reelección parlamentaria y la bicameralidad. ¿Y qué hicieron? Lo cambiaron porque les dio la gana.
Han diseñado un sistema electoral tramposo para asegurar que, gracias a la dispersión de candidatos, ellos puedan reelegirse sostenidos por un «voto duro». Un voto construido durante años inyectando millones de soles de procedencia desconocida, lavado de activos y campañas mediáticas asfixiantes.
Han capturado prácticamente todas las instituciones y hoy disparan sus últimos cartuchos contra el Poder Judicial. El objetivo es evidente: la impunidad. Gracias a ese control, hemos visto cómo, con total desparpajo, se han traído abajo los juicios por lavado de activos de quien ha perdido las últimas tres elecciones. Justificaron fortunas con «cócteles» falsos y el pitufeo de dinero no declarado, y encima castigaron a los fiscales que se atrevieron a investigar. Y hoy, esa misma maquinaria nos pide el voto para «salvar al país».
El salto hacia el Perú que merecemos
Mañana necesitamos que nuestro voto sea una lección histórica de protesta y de cambio. No más de lo mismo. Quienes pasaron a la segunda vuelta en 2021 (el desgobierno de Castillo y el cogobierno en la sombra de Fujimori y sus aliados) ya nos demostraron que no tienen capacidad de gestión, solo apetito de poder.
Antes de marcar la cruz, hagamos un ejercicio de honestidad brutal y evaluemos la verdadera capacidad de quienes conforman este pacto. Miremos sus resultados en los gobiernos distritales, provinciales y regionales; observemos a sus congresistas. Ellos son los arquitectos directos de este colapso donde dos de cada tres peruanos viven mal. La insatisfacción diaria que padecemos —la inseguridad que nos asfixia, las postas sin atención médica, la educación precaria, el tráfico insoportable, la falta de infraestructura y la vergonzosa incapacidad para ejecutar los presupuestos asignados— no es obra del azar. Son las nefastas consecuencias de su inoperancia, y las sufrimos en carne propia. Ya nos demostraron que son pésimos gestores. Entonces, ¿por qué insistir en entregarles el país?
Votemos, en cambio, por el Perú. Reemplacemos el fanatismo ciego por los valores de amor, libertad, igualdad y fraternidad. Recuperemos la fe en el futuro que anhelamos para nosotros y para las próximas generaciones. Es posible dar el salto; no caigamos por inercia en el abismo.
Quizás no exista el candidato perfecto, pero sí existen alternativas nuevas, con trayectoria limpia, equipos técnicos y honestidad, capaces de enrumbar al país. Atrévete a visualizar el Perú del mañana: una sociedad próspera, en paz, donde el conocimiento, la ciencia, la tecnología y la innovación nos conviertan en el gran hub global de Sudamérica. Tenemos la riqueza para ser una potencia; solo necesitamos desatar nuestras capacidades con una buena gestión.
Votar por quienes nos han destruido no es pragmatismo, es complicidad. Mañana, frente al ánfora, recuperemos la memoria, la ambición y la dignidad. Despertemos de una vez. Hagamos de nuestro voto la llave para dar el gran salto hacia el país grande que siempre debimos ser.
#JuandeDiosGuevara