Serie Especial: Cultivar al Hombre y al Campo (2026–2031)
Artículo 2 — EL AGUA: Sin agua segura no hay productividad, crédito ni paz social.
Revolución hídrica y gestión integral de cuencas
Imaginemos por un momento a una familia agricultora de nuestra sierra. Durante meses prepara la tierra, selecciona sus semillas y trabaja esperando una buena cosecha. Pero hay una pregunta que nunca deja de acompañarla: ¿tendrá agua suficiente cuando la necesite? Si las lluvias se retrasan, si llegan demasiado tarde o si una sequía prolongada afecta sus cultivos, todo su esfuerzo puede perderse.
Esa incertidumbre es una de las grandes barreras para el desarrollo de nuestra agricultura familiar. Se habla mucho de crédito, tecnología y productividad, pero hay una realidad que debemos reconocer: sin agua regulada y predecible no hay seguridad productiva; y sin seguridad productiva, difícilmente habrá crédito ni inversión.
El Perú tiene una enorme riqueza hídrica y una geografía privilegiada. Sin embargo, seguimos enfrentando una paradoja: durante la temporada de lluvias, grandes volúmenes de agua discurren hacia el mar o la Amazonía sin contar con suficiente infraestructura para almacenarlos y aprovecharlos; meses después, cuando llega el estiaje, numerosas comunidades, valles y zonas agrícolas padecen escasez. Tenemos agua cuando muchas veces no podemos aprovecharla y nos falta cuando más la necesitamos.
Esta situación no es solamente un problema de infraestructura. Es también un problema de planificación, gestión y visión de futuro. No podemos continuar reaccionando ante las inundaciones, las sequías y las emergencias como si fueran fenómenos inesperados. Tenemos que anticiparnos.
La propuesta para el quinquenio 2026–2031 es impulsar una Revolución Hídrica, pasando de atender emergencias a sembrar, cosechar, almacenar, regular y utilizar eficientemente el agua. Y hacerlo con una mirada integral: desde las cabeceras de cuenca hasta los valles, articulando infraestructura natural, ingeniería moderna, tecnología y participación ciudadana.
La sabiduría de nuestros antepasados y la infraestructura natural
No necesitamos empezar de cero. Nuestros antepasados comprendieron que el agua debía cuidarse, almacenarse y conducirse. Construyeron andenes, canales, reservorios y sistemas de manejo del territorio que, siglos después, siguen recordándonos cuánto podemos aprender de su conocimiento.
Hoy debemos recuperar esa sabiduría y complementarla con ciencia y tecnología.
La primera tarea está en las cabeceras de cuenca. Allí donde nacen los ríos y se regula buena parte del ciclo hídrico, necesitamos recuperar la capacidad natural del territorio para retener el agua. La construcción y rehabilitación de qochas, la recuperación de bofedales, la reforestación con especies nativas, la conservación de suelos y la restauración de andenes pueden contribuir a infiltrar el agua, recargar acuíferos y reducir la velocidad de la escorrentía.
A esta estrategia la conocemos como Siembra y Cosecha de Agua. No se trata de una idea romántica ni de volver al pasado. Se trata de aprovechar inteligentemente nuestra geografía y combinar las soluciones que nos ofrece la naturaleza con la ingeniería moderna.
La recuperación de más de 1.2 millones de hectáreas de andenes ancestrales, donde sea técnica y socialmente viable, representa una oportunidad de gran alcance. Cada andén recuperado puede contribuir a conservar el suelo, retener humedad y devolver capacidad productiva a territorios que hoy permanecen subutilizados.
No todo se resuelve construyendo grandes represas o trasvases. Las obras mayores pueden ser necesarias, pero deben formar parte de una estrategia equilibrada. Muchas soluciones pequeñas, distribuidas en las comunidades y conectadas mediante una gestión integral, pueden producir beneficios enormes y llegar donde las grandes obras tardan demasiado en hacerlo.
Riego tecnificado: producir más con menos agua
La segunda gran tarea es mejorar la forma en que utilizamos el agua dentro de las parcelas.
En muchas zonas agrícolas todavía predomina el riego por gravedad o inundación. Cuando no está bien diseñado ni mantenido, una parte importante del agua se pierde por evaporación, filtración no controlada y distribución deficiente. En un país con tanta variabilidad climática, no podemos permitirnos semejante desperdicio.
Necesitamos impulsar el riego por goteo, la microaspersión y otras tecnologías adaptadas a las características de cada cultivo y territorio. El objetivo no es instalar equipos por instalar, sino conseguir que cada gota produzca más.
Para el agricultor, esto significa algo muy concreto: poder regar en el momento oportuno, utilizar mejor los fertilizantes mediante la fertirrigación, reducir costos y planificar sus campañas con mayor seguridad.
La meta estratégica para 2026–2031 debe ser ampliar significativamente la superficie con riego tecnificado y elevar la eficiencia en el uso del agua hasta alcanzar niveles cercanos al 85%, allí donde las condiciones técnicas lo permitan.
Esta transformación puede generar tres grandes beneficios:
- Más producción y mejores ingresos: una disponibilidad de agua más segura permite ampliar las campañas agrícolas, diversificar cultivos y, cuando las condiciones lo permiten, pasar de una cosecha anual a dos o más. El resultado debe ser una mejora real en los ingresos de las familias agricultoras.
- Menores costos y mayor productividad: el uso eficiente del agua facilita la aplicación precisa de nutrientes, reduce pérdidas de fertilizantes y ayuda a conservar la calidad de los suelos.
- Menos conflictos por el agua: una distribución más eficiente, transparente y equitativa reduce las tensiones entre comunidades ubicadas en las partes altas y bajas de las cuencas, así como entre los distintos usuarios del recurso.
Para hacer posible esta transformación necesitamos financiamiento. El Estado debe promover mecanismos como Obras por Impuestos (OxI) y Alianzas Público-Privadas (APP), con proyectos bien estructurados, supervisión técnica independiente y participación de los usuarios. La inversión privada puede contribuir significativamente, siempre que exista transparencia y que las comunidades sean parte de las decisiones.
Gobernar el agua desde las cuencas, no desde los mapas
Hay una verdad que debería orientar toda nuestra política hídrica: los ríos no conocen los límites políticos.
El agua nace en un territorio, recorre comunidades, atraviesa provincias y departamentos (regiones) y termina beneficiando a poblaciones y actividades económicas muy distintas. Por eso, no podemos gestionarla con decisiones aisladas ni con una visión limitada a cada jurisdicción administrativa.
Necesitamos fortalecer los Consejos de Recursos Hídricos de Cuenca, dotándolos de capacidad técnica, planificación efectiva y recursos suficientes para cumplir su función. Su trabajo debe integrar a la Autoridad Nacional del Agua (ANA), los gobiernos regionales y locales, las comunidades campesinas, las juntas de usuarios, las organizaciones de productores y las empresas privadas.
La planificación debe abarcar todo el recorrido del agua: desde las cabeceras de cuenca hasta los valles y, finalmente, el mar. Debe establecer prioridades, proteger las fuentes, ordenar los usos, prevenir conflictos y asegurar que las inversiones respondan a las necesidades reales del territorio.
El MIDAGRI, junto con la ANA y los demás sectores involucrados, debe impulsar esta transformación con una visión descentralizada y de largo plazo. No basta con ejecutar obras: hay que garantizar su mantenimiento, la participación de los usuarios y resultados medibles.
La gestión por cuencas también debe incorporar información hidrológica, monitoreo, alertas tempranas y herramientas digitales que permitan anticipar sequías, inundaciones y otros riesgos climáticos. La tecnología debe estar al servicio de las personas y de las decisiones oportunas.
El agua como punto de partida del desarrollo rural
Volvamos a aquella familia agricultora con la que comenzamos. Si cuenta con agua regulada, puede planificar su siembra, mejorar sus cultivos, producir más de una vez al año cuando las condiciones lo permiten y ofrecer una cosecha más segura. Esa previsibilidad cambia su relación con el futuro.
También cambia su relación con el sistema financiero. Un productor que puede demostrar capacidad productiva, organizar su actividad y proyectar sus ingresos tiene mejores condiciones para acceder al crédito, invertir y asociarse con otros productores. El agua, por tanto, no solo riega la tierra: también abre las puertas a la inversión, al emprendimiento y a la formalización.
Por eso, cosechar el agua es mucho más que construir reservorios o instalar sistemas de riego. Es recuperar la capacidad de planificar, producir y vivir con mayor seguridad. Es reducir las desigualdades entre territorios y evitar que la escasez se convierta en motivo de enfrentamiento.
En la serie «Cultivar al Hombre y al Campo», el agua ocupa un lugar fundamental. Después de hablar de la justicia nutricional y de poner a las personas en el centro del desarrollo agrario, corresponde asegurar el recurso que hace posible producir y alimentar a nuestras familias.
No podemos seguir esperando a que llegue la próxima sequía para actuar, ni lamentando el agua que se pierde cuando llegan las lluvias. El futuro del agro peruano depende de lo que seamos capaces de hacer hoy con cada gota de agua.
Sembrar agua es sembrar futuro. Cosecharla es cosechar productividad, bienestar y paz social.
#JuandeDiosGuevara