Dos meses a la deriva

La ilusión del poder frente a una patria en emergencia

El inicio de una gestión presidencial suele ser la oportunidad para marcar un nuevo rumbo o, al menos, renovar la confianza de la ciudadanía. Sin embargo, tras sesenta días de gobierno, el balance deja serias interrogantes sobre la capacidad del Ejecutivo para conducir al país.

No se trata de desear el fracaso del Gobierno —porque cuando un gobierno naufraga, es el país el que termina pagando las consecuencias—, sino de señalar con rigor una realidad que resulta cada vez más difícil de ignorar: la improvisación, la falta de liderazgo y determinadas decisiones cuestionadas están pasando una factura demasiado alta al Perú.

  1. La paradoja de la victoria sin proyecto

Después de años de aspirar al sillón presidencial, la expectativa mínima era encontrar un equipo de gobierno consolidado y una hoja de ruta clara. La realidad parece estar mostrando otra cosa:

  • Sin plan ni equipo: La gestión ha mostrado serias dificultades para responder con anticipación a problemas previsibles, al punto de reconocerse la ausencia de un plan de prevención suficientemente preparado frente a la amenaza de un nuevo fenómeno de El Niño.
  • Un gabinete cuestionado: Diversos integrantes del gabinete enfrentan cuestionamientos o procesos pendientes. A ello se suma el reciclaje de funcionarios de administraciones anteriores, lo que alimenta la percepción de continuidad de las mismas prácticas que han alimentado la inestabilidad política del país.
  • Prácticas que se repiten: Las denuncias sobre favoritismo, contratación de allegados y el denominado «tarjetazo» vuelven a colocar sobre la mesa un viejo problema del Estado peruano: la incapacidad para construir una administración pública basada en el mérito, la capacidad y los resultados.

La ciudadanía no necesita simplemente nuevos nombres; necesita un equipo competente, una estrategia clara y resultados medibles.

  1. Política exterior, soberanía y coherencia institucional

La política exterior también ha generado profunda preocupación. En un mundo marcado por una intensa competencia geopolítica, el Perú necesita defender sus intereses nacionales con inteligencia, equilibrio y autonomía.

  • El caso de las visas y la independencia institucional: El episodio relacionado con el juez Juan Carlos Núñez Matos y las declaraciones atribuidas al embajador estadounidense Bernie Navarro ha abierto un debate legítimo sobre los límites de la presión diplomática frente a decisiones de las instituciones peruanas. Las sentencias pueden ser cuestionadas y apeladas dentro del sistema de justicia; pero la independencia de los poderes del Estado debe preservarse. La cooperación internacional es necesaria y conveniente; la subordinación de las instituciones nacionales a presiones externas, en cambio, es incompatible con una República soberana.
  • Una geopolítica que exige equilibrio: El Perú no puede limitar su política exterior a alineamientos automáticos. Su ubicación estratégica en el Pacífico, su relación histórica con América del Sur, su creciente vinculación económica con Asia y su vecindad con Brasil exigen una diplomacia que combine principios, pragmatismo y la firme defensa de los intereses nacionales.
  • Coherencia institucional: Las contradicciones entre los mensajes oficiales pronunciados en distintos escenarios internacionales han generado un evidente costo reputacional. En política exterior, la coherencia no es un detalle: es la base de la credibilidad de un Estado.
  1. Conflicto social, territorio e inseguridad

La crisis de gobernabilidad se refleja de manera directa en la incapacidad para resolver conflictos sociales y garantizar la seguridad ciudadana:

  • Comunidades y grandes intereses: Los conflictos relacionados con tierras, comunidades campesinas y proyectos inmobiliarios exigen que el Estado actúe con absoluta imparcialidad y garantice el debido proceso. Casos como el de la Comunidad Campesina de Jicamarca, en Carabayllo, merecen atención prioritaria para determinar responsabilidades y evitar que el uso de la fuerza sustituya al diálogo institucional.
  • Una inseguridad que golpea a todos: La percepción de inseguridad continúa en niveles alarmantes y el incremento de los homicidios constituye la expresión más grave de esta crisis. El ciudadano común no puede sentir que el Estado está ausente mientras el crimen organizado gana terrenos.
  • Autoridad no es autoritarismo: Expresiones como que la «paciencia se está agotando» pretenden transmitir firmeza, pero la verdadera autoridad se construye con resultados, respeto institucional y capacidad para reconocer errores. Cuando se intenta justificar lo injustificable o se arremete contra instituciones y gremios para luego retroceder, la autoridad del Gobierno termina erosionándose.

Las asignaturas urgentes: Tres llamados a la acción

Gobernar exige mucho más que retórica. Requiere capacidad de gestión, conocimiento del territorio, empatía con los ciudadanos y la humildad necesaria para corregir el rumbo antes de que las crisis golpeen a los más vulnerables.

  1. Gestión inmediata frente al fenómeno de El Niño

No hay margen para la improvisación. Si existe una amenaza climática conocida, la prevención no puede comenzar cuando llegan las lluvias.

  • Liderazgo técnico: El Ejecutivo debe incorporar de inmediato a especialistas en gestión del riesgo de desastres y establecer una conducción técnica, coordinada y transparente.
  • Ejecución y fiscalización: Los recursos destinados a prevención, protección de ciudades y encauzamiento de ríos deben ejecutarse con rapidez y absoluta transparencia.
  • El mensaje del Congreso: La Comisión de Constitución del Congreso ha aprobado otorgar facultades legislativas al Ejecutivo únicamente en dos materias prioritarias: El Niño y la seguridad ciudadana. El mensaje es tajante: las facultades legislativas no sustituyen la capacidad de gestión. El Ejecutivo deberá demostrar con hechos que puede utilizar eficazmente las herramientas que el Pleno y el Senado le otorguen.
  1. La visita papal: Una oportunidad para la reconciliación

En los próximos días, el país recibirá la visita del Papa. Más allá de las consideraciones religiosas, este acontecimiento debe convertirse en un hito simbólico para reflexionar sobre la necesidad de una reconciliación nacional genuina, evitando que sea utilizado como una simple cortina de humo o un espectáculo mediático.

  • Responsabilidad y humildad: El poder implica asumir responsabilidades. Reconocer errores, pedir disculpas cuando corresponda y escuchar a quienes han sufrido las consecuencias de decisiones equivocadas no es una muestra de debilidad, sino de grandeza política.
  • Reconstruir la cohesión: El Perú necesita recuperar la capacidad de escucharse y caminar unido a pesar de las diferencias. El perdón sincero no borra el pasado, pero abre la puerta a un futuro diferente.

III. Recuperar la certidumbre económica y defender la soberanía

Para atraer inversión, generar empleo formal y recuperar la confianza se necesita estabilidad jurídica, reglas claras, un sistema tributario razonable, instituciones confiables y una administración pública capaz de ejecutar.

Y se necesita, sobre todo, soberanía. El Perú debe relacionarse con todas las potencias globales desde sus propios intereses nacionales: ni aislamiento ni subordinación. Del mismo modo, el Estado debe garantizar que las comunidades campesinas, los trabajadores y los empresarios reciban un trato basado estrictamente en la ley y no en su capacidad de ejercer presión.

Un llamado por la patria

Exigir soberanía, respeto institucional y eficiencia en la gestión no significa desear el fracaso de un gobierno; significa exigir el estándar mínimo que merece una República.

El Perú enfrenta demasiados desafíos para desperdiciar tiempo en improvisaciones. El fenómeno de El Niño exige prevención; la inseguridad exige estrategia; la economía exige certidumbre; la política exterior exige equilibrio; y la ciudadanía exige un Estado presente donde más se le necesita.

Los próximos meses pondrán a prueba la capacidad del Gobierno para pasar de las palabras a los hechos. Todavía hay tiempo para corregir el rumbo, pero ello exige reconocer los errores, convocar a los más capaces, recuperar la confianza y poner al país por encima de cualquier interés particular.

Una patria en emergencia no necesita más improvisación: necesita liderazgo, capacidad y visión de futuro.

#JuandeDiosGuevara

 

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