Con la misma piedra…

El trágico déjà vu del 2026

Basta con mirar los últimos acontecimientos para confirmar nuestra tragedia: no hemos avanzado ni un centímetro. A medida que los votos rurales del interior del país llegaban a la ONPE y el candidato de la izquierda, Roberto Sánchez, desplazaba al ultraconservador Rafael López Aliaga del segundo lugar, presenciamos un espectáculo deprimente. Acostumbrado a tratar al país como si fuera su chacra, el líder de Renovación Popular perdió los papeles, amenazó con palabras soeces al presidente del Jurado Nacional de Elecciones y llamó a la insurgencia.

Esta rabieta antidemocrática nos empuja de lleno a un amargo déjà vu. Vamos a repetir exactamente lo que padecimos en el 2021: una segunda vuelta mortalmente polarizada entre la izquierda y el fujimorismo. ¿Adónde nos llevan? Al mismo abismo de siempre.

El síndrome de Estocolmo electoral y la advertencia de Sócrates

Hay un fanatismo casi masoquista en nuestro electorado: votamos por quienes nos hacen daño. Si sumamos los votos de Keiko Fujimori (17%), Roberto Sánchez (12%) y López Aliaga (11%), vemos que un 40% del país ha respaldado a los representantes de ese «pacto mafioso» que hoy controla el Congreso. Hablamos del mismo Parlamento que es repudiado por el 95% de la población, que legisla de espaldas al pueblo, reparte exoneraciones tributarias a sus financistas y cambió la Constitución del 93 a su medida —aprobando la reelección y la bicameralidad— burlándose del referéndum. Pareciera que cuatro de cada diez peruanos no tienen memoria o, simplemente, no dimensionan la gravedad de la crisis que estamos viviendo.

Sócrates, un feroz crítico de la democracia sin educación, planteaba un ejemplo brillante: si estuvieras gravemente enfermo, ¿someterías a votación popular quién debe operarte, o buscarías al médico con los mejores conocimientos y experiencia?

Hoy, la sociedad peruana está en cuidados intensivos. Somos un país mundialmente aclamado por su gastronomía y exportador de miles de millones de dólares en alimentos, pero donde más de la mitad de la población no come tres veces al día y el 43% de nuestros niños padece anemia. Tenemos un pésimo sistema de salud, pensiones de hambre, un terrible rezago tecnológico y resultados desastrosos en la prueba PISA. Estamos enfermos y, sin embargo, en lugar de elegir cirujanos capacitados, seguimos votando por verdugos mediocres que ni siquiera pueden organizar la logística de unas elecciones sin que colapse el sistema. Lo más indignante es que esta mediocridad es impune: cobran sus sueldos puntualmente cada mes, sin que haya un sistema que mida su productividad ni sanciones por su bajo rendimiento. La ineficiencia se ha normalizado en el Perú, y a nadie parece importarle.

La ilusión macroeconómica frente a la sobrevivencia

Los defensores del statu quo mercantilista exhiben como gran trofeo las reservas del BCR —que superan una vez y media nuestras importaciones anuales— y el control de la inflación con una moneda fuerte. Pero los números fríos no se comen. En la calle, los ricos son cada vez más ricos y dos de cada tres peruanos luchan en la informalidad absoluta por la simple sobrevivencia diaria.

El modelo de Estado subsidiario ha fracasado en lo social. Se desentiende de la planificación y no le importa hacia dónde vamos. Teniendo todas las condiciones geográficas y económicas para ser el gran «Empalme» (switchboard) o el hub central de Sudamérica, seguimos perdiendo un tiempo valiosísimo en disputas estériles.

Entre la dictadura y la ignorancia: Un falso dilema

Nos han arrinconado nuevamente en una polarización artificial. Por un lado, tenemos a una izquierda que representa un voto de protesta y olvido. Es el sur andino que fue reprimido a sangre y fuego (con más de 50 muertos) y que, harto de ser estigmatizado por la derecha como «terrorista» o «comunista», busca reivindicación. Sin embargo, aunque cuentan con algunos cuadros rescatables, es un sector dominado por la ignorancia atrevida y la improvisación, incapaz de gestionar el Estado, un fracaso que ya hemos padecido en sus distintas gestiones distritales, provinciales, regionales y en el mismísimo gobierno central.

Por el otro lado, tenemos al fujimorismo. El antifujimorismo no es un capricho; se lo ganó a pulso el dictador, con sus condenas por violaciones de derechos humanos, corrupción, abuso de poder y su huida a Japón. Y lo ha perpetuado su hija con su red de presunto lavado de activos (cócteles, pitufeos) y un obstruccionismo feroz, siendo corresponsables de que hayamos tenido 8 presidentes en 10 años. Si Fuerza Popular llega al Ejecutivo, con el control que ya tienen asegurado en las cámaras de senadores y diputados, nos enfrentaremos a protestas continuas, más represión y la instauración de una dictadura institucionalizada por tiempo indefinido. Por si esto fuera poco, su ineficacia también está probada: sus gestiones a nivel local y regional han sido deficientes, y la paupérrima calidad de sus congresistas ha sido el motor de la inestabilidad de esta última década.

¿Qué hacer frente a la desesperanza?

Frente a gestores mediocres que hacen de la ineficiencia la norma en un país tan rico, la indignación ya no es suficiente. No podemos permitir que seis de cada diez peruanos queden atrapados en esta democracia imperfecta sin ofrecerles una salida.

El cambio no vendrá de la clase política actual; tiene que venir de la sociedad civil y la academia. Es por eso que, frente al caos del 2026, los grupos de profesionales y técnicos deben sumar esfuerzos y presentar recomendaciones sólidas de políticas públicas para el periodo 2026-2031. El objetivo es forzar los consensos necesarios para llevar de la mejor manera esta dura realidad que nos toca enfrentar.

¿Nos harán caso? En un país dominado por intereses subalternos, es difícil saberlo. Pero rendirnos no es una opción. Debemos fijar la agenda técnica, exponer la mediocridad de los políticos y dejar claro que sí existen alternativas viables para construir un Perú integrado. El Perú es de todos, y es hora de arrebatarle el timón a quienes insisten en hundirlo.

#JuandeDiosGuevara

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